Echo and The Bunnymen reivindicaron su enorme legado bajo la luna de los Pirineos

Ahí siguen, 40 años les contemplan. Echo and The Bunnymen no han perdido ni un ápice de su magnetismo, de su oscuridad, ni de su gran misterio. Misterio a todos los niveles, porque a día de hoy aún no se puede medir su impacto popular y porque sus propias canciones son un enigma, en las que se descubre algo en cada nueva escucha. Solo así se explica que “All mycolours” siga poniendo los pelos de punta. Quizá ya sin la fiereza de sus comienzos, pero siempre precisos con sus hirientes guitarras e hipnóticos ritmos. Así continúan sonando de bien “Going up”, “Rescue” u “Over the wall”.

Aún siguen firmando estupendas canciones (como “The sonamboulist”) y echan mano a temas que son de su regreso de los 90 (“Rust” y una espectacular “Nothing last forever”, con guiños a Lou Reed y The Beatles). Pero se echa en falta un poco más valentía a la hora de rescatar buenas canciones más recientes, que las tienen. Aún así pocas pegas se le pueden poner a un concierto en el que suenan “Villiers terrace” (mezclada con “Roadhouse blues”), “Seven seas” o “Bring on the dancing horses”.

Will Sergeant tan inspirado a la guitarra como siempre y un Ian McCulloch bravucón pero con un brío voca intransferible supieron dar brío a un concierto que fue constantemente hacia arriba, gracias a un incontestable repertorio. El gran colofón final para una memorable noche llegó con las inevitables y gloriosas “The cutter”, “The killing moon” y “Lips like sugar”. Aún así se dejaron para un segundo bis (en el que se hicieron de rogar) otra de esas joyas ocultas que poseen: “Ocean rain”.

Fino Oyonarte está presentando su primer disco en solitario, con el que se aparta casi radicalmente de los sonidos a los que nos tenía acostumbrados. Los Enemigos o múltiples colaboraciones con grandes bandas (especialmente importante fue su producción del primer disco de Los Planetas) quedan ya muy lejos de lo que le interesa expresar sobre un escenario. Sólo se rodeó de un chelo, un violín y a él mismo a la guitarra y desde la primera canción palpable su comodidad y seguridad sobre el escenario flotante.

“Por dónde empezar”, “Afortunado” o “Estos años” sonaron cual trovador desgrana sus historias, su vida, sin artificios ni escudos. El resultado fue un concierto valiente, con un Oyonarte sin miedo a mostrar su interior. Sólo se atrevió a contar otras historias cuando recurrió a la eterna canción de Lou Reed “Satellite of love”.

Con un susurro, casi como un secreto. Así comenzó la jornada de anoche el festival y el concierto de El Verbo Odiado. La banda oscense optó por mostrar en el Escenario Caravana Sur su faceta más íntima y minimalista, alejándose de su sonido más característico, más cargado de guitarras, pero sin perder su esencia de banda indie. No se les puede catalogar al lado de la nueva hornada de esta música, su propuesta se asemeja más a bandas como Slowdive o los Radiohead más etéreos. Les bastó con un escueto formato trío (coros, guitarra y bases pregrabadas) para defender las canciones de su primer disco, el mismo que les está dando tantas alegrías.

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